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Cuentan de un valle muy bonito, que se caracterizaba por la presencia de un árbol añoso ya, pero muy frondoso, imponente y fructífero.
Todos los lugareños se sentían muy orgullosos de su majestuosa presencia, y las actividades de los mismos giraba a su alrededor. Incluso en toda la región se celebraran ritos, con bailes y cantares, al inicio de cada cambio de estación.
Para la primavera, le árbol se colmaba de flores aterciopeladas como el nácar, y todos los habitantes del pueblo, llenaban sus casas con el perfume de las mismas.
Durante el verano, armaban una gran feria bajo su sombra, y cada uno vendía lo producido durante el año.
En el otoño, recogían sus nutritivas semillas que brindaban suficiente harina para su alimentación.
En el invierno, luego de la ritual poda que realizaban los ancianos sabios, todos podían calentarse con el calor del fuego de sus ramas secas.
Este árbol, era tan fructífero, que con el paso de los años, en toda la comarca se podían ver crecer pequeños retoños del mismo. Pero ninguno llegaba a ser tan fecundo como aquel.
Dicen, que en cierta oportunidad, una de sus nacaradas flores, luego de sufrir la transformación a semilla, empezó a sentirse muy angustiada y ansiosa. No quería transformarse en harina, tampoco quería crecer como los demás retoños dentro de la comarca, sentía que daba para más.
La semilla deseaba conocer otros lares, pero sentía muchísimo miedo, inseguridad y sobre todo culpa, por no cumplir con los designios recibidos.
Finalmente, decidió consultar con su amigo el viento. Este le propuso intensificar sus fuerzas y tratar de llevarla lo más lejos que pudiera. La semilla junto todas sus fuerzas, internamente se despidió del lugar, y aprovechando el tornado en el que se había transformado su amigo el viento, se dejó llevar.
Fue a parar sobre la bolsa que llevaba un viajero que pasaba por el lugar. Luego de andar varias millas, se detuvieron en un valle mucho más hermoso que el suyo.
Al descubrirla, el viajero, se puso muy contento y la plantó. La semilla brotó rápidamente. Nuevamente sentía mucho miedo, una intensa soledad. El clima era totalmente diferente. Hacía mucho más frío, épocas de lluvias muy copiosas, incluso con granizo, y otras de intensa sequía.
La semilla sentía que no podría sobrevivir, que iba a secarse. Extrañaba su lugar de origen. El calor de su sol natal.
Estaba a punto de secarse. Pero un día se conectó con la fuerza, el poder y valor de su sabia, de sus sueños-deseos más profundos. Y esto mismo, hizo que su tronco, sus ramas se desarrollaran incluso mucho más que el gran árbol que le había dado la vida.
Juan había nacido dentro de una familia numerosa. Su padre, un importante y fructífero empresario, había logrado hacer de sus empresas un imperio, del cual dependían todos en la comarca.
Luego de transitar su infancia y adolescencia, sin inconvenientes y disfrutado de todos los beneficios de ser el “hijo de”, Juan se encuentra con la disyuntiva de continuar como sus hermanos, bajo la sombra, protección y mandatos paternos como todos sus hermanos, o realizar sus verdaderos deseos, que distaban mucho de lo esperado por su familia.
Sus sentimientos eran muy ambivalentes. No quería perder los beneficios, protección y dictámenes que brindaba el imperio de su padre. Tenía todo servido. Pero el precio era “quedar bajo la sombra del gran árbol”.
Sin embargo, luego de intensas luchas internas, y elaborar sobre todo la culpa, decidió realizar sus propios deseos, en otros “lares”.
No le fue fácil, tuvo que sobreponerse a muchos tiempos de sequía, de granizo, de intensas lluvias, para finalmente comprobar que la sabia que corría por sus venas era tan fuerte e incluso más potente que la de su padre, y que los dictámenes o mandatos paternos, eran simplemente que debió desarrollarse en su plenitud como ser humano a través de la confianza y firmeza de deseos, como lo había hecho su padre.

Lic. María Raquel Reis

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