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Comencemos por un experimento sencillo: sonrían. Sí, fuercen una sonrisa de oreja a oreja, aunque se sientan un poco ridículos. ¡No me dejen solo! Y ahora viene la pregunta científica (suenen redobles de tambor): ¿no se sienten mejor? No es una broma, esta experiencia viene a demostrar algo completamente contraintuitivo: que en muchos casos primero viene la acción (sonreír) y después la emoción (una cierta sensación de felicidad). O, en palabras del gran psicólogo William James (el hermano de Henry, el novelista), si uno está corriendo porque lo persigue un león, no corre porque tiene miedo, sino que, más bien, tiene miedo porque corre.

Pero volvamos a esa misteriosa sonrisa. ¿Será entonces que la felicidad es un estado cerebral? Y, si es así, ¿se puede medir? La ciencia no se detiene, amigos, y ahora está entre nosotros la investigación de la alegría, desde los estudios del cerebro, de las hormonas y de las sociedades. Hasta existe un índice de felicidad que puede llegar a definir un PFI: el Producto Feliz Interno, una especie de ranking de felicidad entre las naciones (de hecho, alguna vez el Gobierno de Bután declaró que le interesa más la felicidad nacional bruta que el producto nacional bruto). Claro que esto de ponerle números a las emociones requiere de mucho cuidado para que sea posible comparar registros de diferentes individuos y culturas. De acuerdo a qué escala se use, que puede componerse de encuestas de satisfacción personal, estadísticas de salud y esperanza de vida y niveles de salario, los resultados son muy diferentes, con un top ten a veces liderado por países escandinavos y otras veces por vecinos más cercanos como Costa Rica. Y para ponernos un poco más futboleros, vale la pena aclarar que el nivel de felicidad entre Brasil y la Argentina es similar. La alegría no es sólo brasileña. Pero si lo fuera, podríamos contagiarnos, porque la felicidad parece desparramarse como una infección (los amigos de personas felices suelen ser más felices, por ejemplo). Y hablando de contagios, ¡atentos, solterones!: casarse, en el largo plazo (y en la mayoría de los casos) parece ser un buen seguro hacia la felicidad. Esos locos bajitos ayudan también (cuando no nos hacen levantarnos a las 3 de la mañana, claro).

¿Y el dinero? ¿No puede comprarme, amor? No hace la felicidad (también están los cheques, Manolito dixit), pero ayuda, hasta cierto punto. Por encima de un cierto umbral de salario anual, el nivel de felicidad deja de depender de cuánto ganemos. Este umbral cambia de país en país, claro. Por ejemplo en EE.UU. ronda los US$ 75.000). Y qué decir de las personas religiosas que en términos generales se definen como más felices que los ateos o los agnósticos (¿sabrán algo que los científicos ignoramos? Ya hablaremos del tema). Si hay plata a nivel nacional, la mejor inversión para la felicidad es meterla en áreas de salud y educación, de acuerdo con el nuevo mapa mundial de la felicidad. Y ojo que portarse bien, donar dinero y hacer actos de misantropía también nos puede hacer muy felices.

Momentito: ¿para qué sirve ser felices? Nada menos que para estar más sanos. El buen estado de ánimo induce un menor nivel de estrés (que tiene que ver con ciertas hormonas circulantes, como el cortisol) e, indirectamente, mejora nuestro estado cardiovascular. Como diría La Mona Jiménez: “Busco un corazón que me llene los días de felicidad.” Y viceversa. Más aún, las personas felices son mucho menos susceptibles al resfrío. Así que si se les aparecen unos investigadores de la Universidad Carnegie Mellon y les ofrecen meterles unos virus resfriadores por la nariz, estén atentos al estado de ánimo -si andan bajoneados, mejor no acepten-. En otras palabras: la risa, remedio infalible.

Lo que es seguro es que para estar feliz hay que tener un cerebro feliz, con áreas como la amígdala (que no es eso que a veces nos sacan de la garganta, sino una zona cerebral relacionada con las emociones) o zonas que, al ser estimuladas, inducen una sensación de bienestar y hasta ataques de risa. Incluso el imaginar un evento positivo futuro -ganar la lotería, tener la casa soñada- activa áreas cerebrales bastante específicas. Es más, algunas de estas zonas pueden funcionar de manera anormal en ciertos tipos de depresión.

Y, como corresponde, hay quienes hablan de un gen de la felicidad, lo cual no deja de ser una exageración. Se trata de una variante de un gen que ayuda a transportar la serotonina, un neurotransmisor con el cual charlan neuronas que tienen que ver con las emociones. Así, hay colectivos largos y cortos para que viaje la serotonina, y las personas con dos colectivos largos en sus células rindieron mejor en las pruebas de emociones positivas. Creer o ser feliz.

En definitiva, entre un revólver caliente (Lennon) y la felicidad que me dio tu amor…, mejor quedarse con Palito..

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