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El abuso de estas sustancias no es una problemática exclusiva de los jóvenes: la sociedad de los adultos las consume desde hace siglo , y lo que es más grave, llega a justificar el uso de alguna de ellas como el alcohol y el tabaco.

Así la drogodependencia está definida por una cultura y un sistema de creencias que alienta este mal uso.

El adicto, ante todo, es alguien con una problemática tal que de no haber existido la droga igualmente hubiera sido un individuo afectado seriamente en su persona.

La conducta humana es programada, y a la vez influyen procesos cognitivos afectivos y motivacionales .

Todo comportamiento se produce siempre en un contexto social y cultural que es a menudo el que le da sentido.

Las creencias y las percepciones motivan el comportamiento. No es posible convencer a nadie de que el uso de drogas no mejora la capacidad creadora “demostrando” que ello no es cierto.

En el drogodependiente el tóxico es el detonante o el acelerador de una situación previa, que luego se ve agravada, ya que el uso de tales sustancias toma como rehén a la persona, tornando más dificultosos sus pasos por la vida.

Desde hace varios años el consumo de drogas se viene incrementando y se convierte en un tema de interés y preocupación.

En el dependiente nos encontramos con una persona débil, necesitada, con un sistema de creencias de “estoy completamente desamparado», “estoy solo “, “nadie me va a querer “, “voy a ser siempre infeliz”, “no soy capaz”, etc..

Frente a este sistema buscan una identidad prestada (a partir del consumo) un falso ser, una identidad negativa.

La génesis de esta realidad es múltiple, pero podemos observar que en la niñez se van formando los futuros patrones de conducta de un individuo.

Teniendo en cuenta factores biológicos (que dependen de su herencia), factores psicológicos y factores ambientales (o sea lo ecológico) junto con los pensamientos, las emociones y las motivaciones vamos a obtener un tipo de conducta, en un tipo de personalidad con un tipo de comportamiento.

Pero si una familia es poco continente, disgregada, violenta, insensible, consumista, sin valores, con falta de amor y cuidados, disciplina severa o inconsistente, padres con poca expectativa hacia el éxito de los hijos, falta de límites y roles claros en la familia; es caldo de cultivo de comportamiento de diversa índole, entre ellos, la adicción. Y como consecuencia nos encontramos con jóvenes dependientes donde las principales amenazas o tramas tienen que ver con el rechazo o el abandono. Tienen pobre tolerancia a la frustración. No pueden esperar. Cuando sienten un impulso tienden a satisfacerlo inmediatamente, sin pensar en las consecuencias. Sienten gran ambivalencia afectiva. Pero a su vez, esta familia está inmersa en una sociedad que tiene esas mismas características: esta vacía de valores, es violenta, es insensible.

Entonces, las drogas no son activas en sí mismas: las causales del problema tienen que ver con factores socio – culturales y los consumidores son producto de una situación estructural.

El fenómeno de la drogodependencia es una realidad instalada en esta sociedad.

La droga, en fin, por sí sola, no es el problema. Lo importante son las motivaciones, las actitudes, los valores y el estilo de vida que tienen las personas y los grupos en cuyo seno se presenta el abuso de las mismas.

Desde la terapia, parte del arte de ésta es trasmitir una sensación de aventura (indagar y descifrar los orígenes y creencias del paciente, explorar el significado de los acontecimientos traumáticos).

Es importante inculcar en el paciente un espíritu de cooperación y confianza. No está solo, no está más desamparado.

Es fundamental el vínculo, el «raport» que de aquí en más se va a establecer entre el paciente y terapeuta porque de aquí parten las bases o los objetivos a desarrollarse en el tratamiento.

El terapeuta deberá descubrir y promover las propias cualidades y potencialidades en el proceso personal, familiar y social.

Concientización de la importancia de tener un proyecto de vida realizable como proceso de dignificación de la persona y de crecimiento y maduración personal para una mejor calidad de vida.

En la sociedad se deberá trabajar desde la prevención: como herramienta «vedet» la educación, esencialmente, prevenir es educar.

La educación se puede encarar desde la formación e información de actividades en donde la gente desee estar sana y feliz, sepa como alcanzar este bienestar y busque ayuda cuando lo necesite.

Reconocer que la gente, para alcanzar decisiones sanas y realizarlas, está influenciada por factores que a menudo están fuera de control, condiciones de trabajo, salarios bajos, deformación de valores por determinados mensajes de algunos medios de comunicación masiva, etc..

Por todo esto es importante la participación de la comunidad, desde la familia, la escuela, clubes, grupo de amigos y los medios de información.

El esfuerzo preventivo debe tener un enfoque comunitario y cooperativo.

Desde la terapia, en general, deberemos cambiar en la sociedad el sistemas de creencias que justifica y promueve el uso indebido de drogas; deberá desmitificar el estilo de vida sustentado en la descalificación del cansancio, el dolor, y la angustia como señales indicativas del tipo de relación mantenida con el medio por el cuestionamiento de una propuesta de vida fijada al bienestar químicamente diseñada sin contexto y sin futuro.

Es importante ”descubrir el camino donde la evaluación permita leer de los fracasos las claves de los aciertos y, de esta manera, hacer de la prevención el ámbito privilegiado del cuidado de la salud del hombre, su familia, la sociedad y el medio ambiente que lo rodea”.

Lic. Patricia Ismirlian, Especialísta en Terapia Sistémica en INAC

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